En la muerte de Edward Van Halen

Permitidme que hoy me salga un poco de mis temas habituales sobre política y derecho. Esta semana falleció Eddie Van Halen (EVH) tras una larga enfermedad. No me ha sorprendido el gran impacto que ha tenido la noticia: hasta el ¡Hola! le dedicó un artículo. La generación que supera los 40 años conocía aunque fuera de oídas que existía un guitarrista extraordinario que revolucionó la guitarra y el heavy metal. El rock en general, y el hard en particular, han sufrido el desprecio de las élites culturales que pululaban alrededor del pop entendido como movimiento cultural del capitalismo tardío. A mí no me extraña en absoluto, porque ambos estilos son enormemente conservadores y la novedad es el concepto sobre el que gira la industria y la crítica musical. Nada que objetar. Ahora bien, no perdamos de vista que la música popular es el folklore de la sociedad norteamericana, a la que básicamente debemos la mayor parte del entretenimiento que ha acompañado el discurrir de nuestras biografías personales.

Recientemente, estuve echando un vistazo a fotos de mi adolescencia. Caí en la cuenta de que en casi todas ellas llevaba una camiseta de Van Halen. Recuerdo haberla comprado en un mercadillo de León, sin haber escuchado ningún disco de la banda. Yo me interesé por la guitarra eléctrica por los discos de Dire Straits, grupo enormemente popular en España por la querencia guitarrística que heredamos de los virtuosos flamencos. Cuando comencé a tocar empecé por lo más fácil: imitar a los guitarristas de heavy metal. Entre ellos había una legión de fenómenos cuyo tronco común conducía a un solo nombre: Eddie Van Halen (EVH). EHV apareció cuando la guitarra eléctrica estaba en decadencia. Sí, Hendrix había renovado el panorama del instrumento, pero su temprana muerte no dejó un legado sólido. A finales de los 70 Jimmy Page ya no tenía mucho que decir, Clapton trataba de encontrarse a sí mismo en Nashville, Rory Gallagher daba vueltas y vueltas sobre el blues y solo Jeff Beck parecía dispuesto a romper la baraja acercándose al jazz fusión.

Pero ya saben, Beck solo dedicaba una parte de su vida a esto de la música y habitualmente andaba arreglando coches o siguiendo carreras por los circuitos. El punk, la new wave y la música de baile decretaron el final de la guitarra eléctrica virtuosa y de los solos coñazo: tampoco era de extrañar después de la sobredosis de rock sinfónico que se venía sufriendo. En 1978 apareció el primer disco de Van Halen, banda formada por dos hermanos holandeses emigrados con 8 años a California, el extraordinario bajista Michael Anthony y un showman que no era un gran cantante pero que animaba el cotarro como nadie, David Lee Roth. Descubiertos por Gene Simmons, Ted Templeman produjo un primer álbum donde había un corte, “Eruption”, que hizo saltar por los aires todas las reglas escritas sobre la guitarra eléctrica. Jas Obrecht, editor de la prestigiosa revista Guitar Player, contaba que la redacción escuchaba una y otra vez ese solo para intentar comprender lo que allí pasaba: ¿una guitarra? ¿un teclado? ¿un sintetizador?

Naturalmente, soy consciente que la música pop es una expresión cultural subjetiva. No es arte, ya lo cantaba Rosendo en el último disco de Leño. Por ello es arriesgado realizar esta afirmación categórica: EVH ha sido el mejor guitarrista de rock de la historia, y con su fallecimiento, probablemente queda liquidado un instrumento cuyos actuales valedores siguen siendo los últimos herederos de aquél portento llegado de los Países Bajos. Nuestro protagonista cambió la guitarra desde tres puntos de vista, y eso es algo que ni el propio Hendrix consiguió, porque no tuvo tiempo de hacer suyas las innovaciones tecnológicas y la proliferación de algunos estilos que él mismo ayudó a desplegar con su enorme talento. Esos puntos de vista son la concepción del instrumento, el sonido y la técnica guitarrística.

El 1978 había dos guitarras que predominaban en el mundo del rock: la Fender Stratocaster y la Gibson Les Paul. Había, sí, otros modelos, pero no eran excesivamente populares entre los músicos. La Gibson SG era la guitarra de Angus Young, mientras que la Fender Telecaster, probablemente la guitarra más divertida si uno es capaz de domarla, era patrimonio del country. EVH inventó un híbrido: montó un cuerpo de Strato con una pastilla de doble bobinado de Gibson. Además, incluyó un puente flotante Floyd Rose que sería el santo y seña de las miles de guitarras eléctricas que replicaron la Frankenstrat montada a piezas. EVH aclaró que cuando Floyd Rose le presentó el prototipo en 1979, era aún un proyecto que solo logró mejorar gracias a sus indicaciones: cuando el puente se patentó en 1980, surgieron imitadores y demandas por doquier porque se había descubierto la gallina de los huevos de oro. EVH protestó porque consideraba que parte de la patente le pertenecía, y parece que la solución llegó cuando Kramer, una marca americana, decidió comercializar la Frankenstrat con el puente Floyd Rose incorporado.

El puente flotante permitía que una guitarra eléctrica imitara cualquier tipo de sonido o ruido: desde un elefante hasta un caballo, pasando por un tren o un coche de carreras. Solo Roy Buchanan había conseguido este tipo de cosas con una Telecaster (¡Que ya es decir!). Pero más allá de estas innovaciones estructurales, EVH asentó su música y los discos del grupo en un tono demoledor que no se había conseguido hasta entonces. Uno tiene la impresión de que Hendrix logró hacer sonar su guitarra de forma tan abrumadora poniendo a tope todos los potenciómetros del amplificador: ¿una casualidad? EVH consiguió elevar la distorsión al olimpo del heavy metal gracias a manipular los amplificadores –etapas y previos- y los incipientes pedales que tenía a mano: a todo ello se le llamó sonido “brown”, un tono dinámico y una saturación cálida a los que añadía de forma inteligente otros efectos como el flanger, el phase o el delay. En definitiva, estamos ante un artesano con grandes conocimientos de electrónica que produjo una ruptura en el conocimiento y uso de un instrumento que en 1980 tenía aún espacio para evolucionar.

EVH colaboró con diversas marcas a lo largo de su vida. Cuando dejó Kramer empezó a usar Music Man, con quien colaboró en un modelo que dejó atrás la forma de la Strato tradicional, apostando por una guitarra sobria, elegante y equilibrada que mostraba madurez y su deseo de superar la antigua iconoclastia. En la década de los 90 también comenzó a colaborar con Peavy para poner en circulación un amplificador que tenía como nombre “5150”, título de uno de los discos de la banda con Sammy Hagar y de su estudio casero. Yo tuve la suerte de disfrutar de uno de aquellos cabezales, de 120 wattios. No creo que haya usado una máquina sónica tan potente y versátil, pero de imposible manejo para los volúmenes que uno podía permitirse en el local o en bares pequeños. Con los años abandonó todo tipo de colaboración con marcas consolidadas y si no me equivoco, pasó a montar su propia empresa donde vendía –y se venden- guitarras y amplificadores diseñados por él. Blackmore decía que lo primero que tenía que hacer un músico tras aprender su primer acorde era contratar un abogado: EVH podía haber dicho lo mismo con respecto a los instrumentos que él ayudó a diseñar y con los que otros terminaban haciendo negocio.  

Nos queda la técnica. EVH fue pianista de joven, pero nunca llegó a leer música (siempre fue un aliciente para los tarugos musicales como yo). Como he dicho, “Eruption” supuso la introducción de una forma de abordar el instrumento que implicaba poner las dos manos sobre el mástil (“tapping”). Nunca se aclaró de dónde le pudo venir la idea: en la RAI pueden ver a un guitarrista clásico italiano haciendo un “Van Halen” en 1965. Es imposible que EVH conociera a Vittorio Camardese. Él mismo aclaró que la inspiración fueron los “licks” usados por Jimmy Page (¿o Billy Gibbons?)  para realizar alguno de sus míticos solos (por ejemplo, “Heartbraker” de Led Zeppelin II). Como se sabe, todo se hace entre todos. Sea como fuere, el “tapping” se hizo inmensamente popular y fue incorporado a los trucos de la mayor parte de los guitarristas del heavy metal y el hard rock. Si uno quería impresionar a algún amigo con sus (torpes) maniobras iniciáticas, tocaba algunos compases del “Eruption” y asunto resuelto.

Pero sería injusto limitar las innovaciones de EVH a un asunto de gimnasia de las seis cuerdas: su impacto fue muy superior al de cualquier otro guitarrista anterior y posterior. Desde luego, cabe un rechazo ante unas exigencias técnicas que también contribuyeron a alejar a los jóvenes de la guitarra. Si Van Halen fue la reacción al punk, el grunge y Kurt Cobain fueron la reacción al propio Van Halen. Me van a permitir que no profundice en cuestiones artísticas. En mi opinión, EVH tuvo dos cenit creativos: el “Van Halen I”, ya aludido, y el “5150”, álbum que inaugura la etapa con Sammy Hagar y que demostró su capacidad para reinventarse como compositor y guitarrista. La mayor parte del público lo recordará por el álbum “1984” y por el solo en el famoso tema de Michael Jackson, “Beat it”. La colaboración con el rey del pop en “Thriller” se gestó en una mañana de sesión de grabación, tras una llamada surrealista de Quincy Jones, a cambio de unas cervezas y sin que su nombre apareciera en los créditos del disco, pues en Van Halen nadie podía colaborar con otros proyectos sin el visto bueno de los otros miembros de la banda.

EVH no daba demasiadas entrevistas. Guardo como oro en paño una realizada a los 15 años del primer disco de Van Halen, publicada en el primer número del Guitar Player en español, una revista que nos llegaba a España mediante la edición realizada en México (hubo otra edición propiamente española). Quizá el mejor perfil que haya visto es uno realizado por la revista Billboard: en él se descubría un señor que casi nunca escuchaba música y que usó la coca y el alcohol para trabajar y concentrarse. Pese a los excesos y adicciones, fue un tipo fundamentalmente familiar que junto a su hermano tuvo como primer objetivo garantizar la jubilación de sus padres. A finales de los 90 le pusieron una cadera nueva y le detectaron un cáncer en la lengua. Según él ese tumor le vino por tener siempre en la boca una púa de metal: nosotros también nos hacíamos púas de metal a través de un amigo que trabajaba en lo que quedaba de Altos Hornos de Sestao. Era un gran invento, lo malo es que pronto descubrimos que aquellas púas de acero picaban la pintura de nuestras flamantes guitarras japonesas.